Los problemas de la vida

¿Ansiedad?

Respira hondo, cuenta hasta diez, tómate la pastilla y sigue igual de mal


Domingo, casi medianoche. Los niños duermen, la loza está guardada, la ropa lavada, la casa por fin "tranquila". Y ahí, de la nada, aparece un peso en el pecho. La mandíbula apretada sin que te dieras cuenta. Un hormigueo que sube por los brazos y se te instala en la cabeza. Y junto con eso, los pensamientos revueltos. La reunión de mañana. El correo que no sabes si mandaste. Las cuentas, la pega, los hijos… Y la pregunta de siempre, ¿qué será esta weá?, ¿por qué no se me pasa?, llevo mucho rato así, capaz que me vaya a morir… Y si me muero, ¿quién va a cuidar a los niños?

Te levantas. Le preguntas a Google, o a la IA de turno, si la presión en el pecho es ansiedad, un infarto, o alguna otra enfermedad mortal. Los foros te calman, ahora que ya eres un experto, pero sólo por diez minutos. Después terminas peor. Te vas a la cocina y te tomas media pastilla de las que te recomendaron de S.O.S. para estos casos. A los veinte minutos se pasa. Respiras. Te vas a dormir, porque la pastilla te golpeó duro, como corresponde a un "remedio". Mañana es un nuevo día. Pero mañana el motivo va a ser otro y la sensación la misma, o peor. Hasta que un día te cansas de este domingo que se repite y vas a pedir una hora. Porque algo que se siente tan feo tiene que ser una enfermedad. Y ahí decides que tienes que ir a que te "revisen".

Lo que sientes es verdad. La explicación que te dieron, no.

Antes de que se enojen por las weás que escribo, déjenme decirles que cuando hablamos de ansiedad nunca voy a decir que exageras, ni que es puro cuento, ni que te falta carácter, ni que no sabes "gestionar tus emociones" (jamás diría esa weá de las emociones, esa que está tan de moda y que andan repitiendo en todos lados). El corazón a mil es real. Que te falte el aire es real. El miedo es real. La sensación en la guata es real. Nadie que haya pasado una situación así necesita que un psicólogo se la venga a validar. Tu sufrimiento no está en discusión. La explicación que te dieron, sí. Y esa explicación es el motor de un negocio perverso.

Ponerle nombre a tu miedo (y cobrarte)

Pides hora. Te derivan a una "Unidad de Trastornos de Ansiedad". Suena serio. Un equipo entero y un psiquiatra a cargo. Lo primero que hacen es lo que mejor saben hacer, ponerle nombre a tu miedo. ¿Pánico a manejar? Amaxofobia. ¿Le haces el quite al metro? Siderodromofobia. ¿A los payasos? Coulrofobia. Hay para todo. Miedo al matrimonio, gamofobia. Al número trece, triscaidecafobia. Al trabajo, ergofobia, por si alguna vez quisiste faltar con excusa en griego. Y existe una palabra larguísima, tan larga que da lata contarla, hipopotomonstrosesquipedaliofobia, que significa miedo a las palabras largas.

Las abuelitas decían que andabas tomadito de los nervios. Igual que al resfrío le decían estar tomadito del pecho. Lo cual no explica nada, exactamente igual que el montón de nombres de mierda de más arriba. La diferencia es que tu abuela no te cobraba la consulta, y además te preparaba una agüita de cogollo de toronjil cuando aumentan las penas, o de la flor de la amapola bajo la almohada para dormir tranquila.

Las etiquetas diagnósticas nunca explican nada. Por ejemplo, te enseñan que no sales a la calle porque tienes agorafobia, y después sabes que tienes agorafobia porque no sales a la calle. Ahí estás pillándote la cola. Ponerle nombre a tu miedo no lo explica, pero le sirve al que te cobra la boleta. Y así como está la cosa, no sería raro que a lo que te pasa los domingos en la noche lo bauticen como dominicusfobia, le inventen una pastilla, y te la den de S.O.S.

El "remedio" que no remedia

Andan diciendo por ahí que el tratamiento más efectivo es la terapia junto con el fármaco, porque se potencian entre sí. Suena razonable. Excepto por un detalle, y es que una pastilla puede bajarte las pulsaciones, pero no te va a sacar del trabajo de mierda, no te va a pagar las deudas que no te dejan dormir en paz, ni va a arreglar la relación que ya se fue a la chucha hace rato.

Y en el fondo lo saben. El mismo manual con el que reparten los diagnósticos terminó borrando la regla que impedía tratar el duelo como una depresión. Léelo de nuevo, la pena de enterrar a alguien, la reacción más humana que existe, hoy se puede recetar. Buena parte de lo que medican no es ninguna enfermedad, es la forma normal de reaccionar a los golpes de la vida. Y te recetan igual. Le dan una pastilla al que sufre, al que llora, muchas veces para que la familia no tenga que verlo llorar. Eso no es medicina. Es sedar lo que duele porque molesta que se note.

Y para esto tenemos polifarmacia. Surtidito, de todito. La estrella en Chile es el clotiazepam, una benzodiazepina que te venden como la versión suave, la "benzo light". Baja la ansiedad al toque. No la sana, que no se te olvide, apaga la señal sin tocar lo que la prende. Después el cuerpo se acostumbra, se pone más resistente al efecto, entonces pide más, y cuando falta llega el rebote, peor que al principio. Y como te decía, casi nunca viene sola, siempre es un pack. A la consulta llega gente con el mismo combo, tenga lo que tenga. Un antidepresivo, la sertralina o el escitalopram, que lo que mejor hace es aplanarte, te deja sin pena pero también sin ganas de ni una weá. Un antipsicótico, el aripiprazol, que a muchos les provoca una inquietud insoportable, y el psiquiatra la lee como más ansiedad, y sube la dosis. A veces un estimulante, la lisdexanfetamina. ¿Ves cómo va quedando la cosa? Un acelerador y un freno en la misma receta. Y además, la pastilla S.O.S. Cuatro pastillas, y ninguna le hace efecto a los problemas de la vida que te tienen mal.

Todos repiten que no existen las pastillitas mágicas. Y las siguen repartiendo como si existieran. Esto me hace pensar en los chupetes. Sí, esas weás que les ponen a las guaguas. En inglés al chupete le dicen pacifier. Pacificador. Un aparato para que la guagua deje de llorar, no para que no sufra, sino para que no moleste, pa' que se calle un rato. Eso mismo son estas pastillas. Y a nivel país, parece que se decidió hace tiempo darle el pacificador a una sociedad que prefiere sedar el malestar antes que preguntarse por qué estamos todos como las weas. Sale más barato repartir recetas que arreglar las pensiones, los sueldos, la soledad, los recortes, o toda la mierda que nos agobia.

Nunca de golpe

Y como ya le pegué la pelá al pastilleo, necesito decirte algo por si te entusiasmaste, para que no vayas a hacer ni a recomendar una mala idea. Si tomas alguno de estos "remedios", o conoces a alguien que los tome, no los dejes de golpe ni andes sugiriendo esa weá. Cortarlos de un día para otro es muy peligroso. Se bajan de a poco y acompañado por alguien que sepa. El punto no es que los tires al water hoy. Es que sepas que no son la solución ni la cura de nada.

Así como tampoco la solución está en la vitrina de al lado, la del bienestar. La app que bajas el lunes entusiasmado y abandonas el jueves decepcionado. El diario de gratitud, para que anotes tres cosas lindas mientras el mundo se cae a pedazos. Todos dicen lo mismo, que el problema es tu mente distraída y no el mundo que te trata como las weas. Respira, agradece, y vuelve mansito a tu puesto. Aprende a gestionar, porque el problema eres tú, o está dentro de ti. Spoiler, mentira.

Ahora saquémosle la careta a la ansiedad

Empecemos por lo que no es. No es una cosa que se tiene, como un tumor. No es una enfermedad. Y no es una falla de tu cerebro. Te muestran una resonancia con la amígdala prendida, o una imagen que parece foto de árbol de Pascua con más luces que frontis de nightclub, y te dicen que ahí está el problema. Los propios estudios llaman a esas imágenes correlatos, no causas. Y correlación no es causa. Que un cerebro asustado se vea distinto no prueba que el cerebro asustó a nadie, prueba que el susto se nota. Además, cuando a alguien le va bien en psicoterapia, esas imágenes cambian. Conversando. Entonces, si hablar con otro te cambia el cerebro, o si cambian las circunstancias, las contingencias, los factores que hicieron que la foto de ese día saliera así, quiere decir que la imagen era la huella y no la causa.

Y si existiera esa firma cerebral, la ansiedad se diagnosticaría con un escáner o con algún examen físico. Pero como ya sabrán los que han sido diagnosticados, en la consulta de los diagnosticadores eso no se hace. No hay una sangre, no hay una placa, no hay ninguna máquina que diga "esto es ansiedad". Te diagnostican mirándote y conversando, punto. Y no es que se les olvide pedir el examen, es que no existe. Tanto así que todavía lo andan buscando. Hay estudios en marcha, con realidad virtual, electrodos en la cabeza y resonancias, que recién terminan el 2029, para ver si por fin aparece la dichosa firma. La andan buscando. O sea, ni ellos la tienen, y lo confiesan solitos cada vez que gastan plata en encontrarla.

Y esta historia es vieja. Durante siglos se dijo que adentro tuyo vivía una "mente", un comandante invisible que dirigía tu vida. Cuando eso empezó a sonar a esoterismo y brujería pasada a incienso, no la botaron, le cambiaron de casa. Ahora el fantasma vive en el cerebro. Y nadie discute que el cerebro exista ni que participe de la conducta. Sin cerebro no hay conducta, igual que sin piernas no hay caminata. Pero a nadie se le ocurriría decir que las piernas decidieron el paseo. ¿O sí?

La ansiedad no vive dentro tuyo. Es una relación. Aparece cuando lo que la vida te exige es más grande que las habilidades que sientes que tienes para responder. No sale de un gen traidor. Sale de un trabajo penca, de una deuda, de una relación de mierda, de una historia entera en la que hay un montón de cosas que aprendiste a temer. Y aunque no lo creas, es tu aliada. Es la alarma que mantuvo viva a la especie por milenios, la que frente a una amenaza acelera el corazón y te prepara para pelear o arrancar. El problema es que en un humano la alarma no necesita amenaza. Le basta una frase. ¿Y si me echan? ¿Y si me está cagando? ¿Y si esto es un infarto y me muero, y quién va a cuidar a mis hijos? El cuerpo no distingue el peligro real del pensamiento sobre lo que consideras peligroso. Por eso puedes estar sentado en tu living y sentirte tan asustado como alguien que huye para salvar su vida.

Y por eso, cuando aparecen los síntomas, cuando tiemblas, sudas, se te revuelve el estómago, no es "porque tienes ansiedad", como si fuera un parásito interno dándote órdenes. El temblor, la taquicardia y las ganas de arrancar no son efectos de la ansiedad. Son la respuesta a lo que estás enfrentando. La ansiedad no causa nada. Es el nombre que le pusimos al conjunto de esa respuesta.

El comodín de la hormona

Pero esto no es todo. Nos falta la niña bonita, el argumento científico biologicista. El cortisol. Te dicen que la ansiedad te lo dispara y que el cortisol alto te va intoxicando. Piénsalo así. Si un perro te persigue, te llenas de cortisol. No fue el cortisol el que te asustó. Fue el perro.

Esta idea está tan arraigada que conviene que sepas que ni siquiera a los seguidores de este modelo les cuadran sus propios números. Si el cuento fuera cierto, el que vive con miedo crónico andaría con el cortisol por las nubes. Resulta que en los que han pasado los golpes más duros de la vida, muchas veces el cortisol está bajo. Cuando se revisan todos los estudios juntos no hay ningún patrón concluyente, unos arriba, otros normal, otros por el suelo. No existe la firma química que te venden. El cortisol es un pasajero de este vehículo, nunca el conductor.

Y el mito más chileno de todos

"Yo como por ansiedad." Cuando se prende la alarma, el cuerpo se prepara para arrancar, manda la sangre a los músculos y apaga la digestión. Frente a un peligro, comer es lo último que importa. Imagínate a alguien en pleno portonazo, con una pistola en la cara. ¿Se le antojaría un chacarero? No creo. El miedo quita el hambre.

¿Entonces qué pasa? Dos cosas, y ninguna es ansiedad. La primera es que el idioma te dejó la trampa puesta. Anda a mirar el diccionario de la Real Academia. La palabra "ansia" significa angustia y congoja, pero también significa anhelo y deseo. Las dos cosas, en la misma entrada, con la misma raíz latina. En inglés se separan, anxiety no es craving. Acá no. Metimos el miedo y el antojo en la misma bolsa, y después nos extraña que la gente los confunda.

La segunda, y la más importante, es que cuando explicas tus ganas de comer por la ansiedad, lo que en realidad pasó es que estabas incómodo, aburrido o cansado, y la comida sabrosita te tapó el malestar por un rato. La trampa del alivio inmediatista, en versión sanguchito. Y es un error conveniente. A ti te libera de responsabilidad, porque te vuelves víctima de un ente caprichoso que te hace comer contra tu voluntad. Y a la industria le abre un mercado, la dieta, el coach, la pastilla para la ansiedad por comer. Llamarlo hábito suena más duro, pero justamente ahí está la liberación. A una enfermedad te resignas y esperas la pastilla. A un hábito le puedes poner otro encima, aprendiendo uno mejor.

Por qué no es tu culpa

Acá está la crueldad más fina de todo esto. Primero te venden la guerra contra tu propio cuerpo, las apps, las respiraciones, los diarios de gratitud. Y cuando nada de eso funciona, te dejan solo con la peor conclusión, la de que a ti no te funciona nada de esto. Por lo tanto, algo debes tener. Y no tienes nada.

Que respirar hondo no te haya salvado prueba dos cosas. Que en la puta historia de la humanidad nadie ha solucionado sus problemas respirando. Y que te dieron una herramienta para el problema equivocado. Te pidieron ganar una pelea que no se puede ganar, porque el rival eres tú, y eso es como pegarse a sí mismo. Ese fracaso no es debilidad de carácter. Es lo que le pasa a cualquiera que lleva años haciendo guardia contra sí mismo, en un turno que nadie le paga.

La trampa

La ansiedad no se agranda por lo que sientes. Se agranda por lo que haces para dejar de sentirlo. Mientras más la controlas, más fuerte se pone. Cada vez que te esfuerzas para no sentirla, queda grabado que eso era una emergencia de verdad. Y la próxima vez suena más fuerte.

Las formas de caer en la trampa son un montón. La rumiación, darle vueltas a un problema a las tres de la mañana, esa weá es como acelerar con el motor en neutro, suena fuerte y no avanzas ni mierda. La procrastinación, que alivia hoy y cobra el doble mañana. El chequeo, googlear el síntoma hasta el diagnóstico más aterrador. El no parar nunca, porque si te detienes te sientes a ti mismo, y al parecer no te caes muy bien. Y las anestesias de siempre, el copete, el pucho, la pantalla, la pastilla S.O.S. apenas asoma el malestar. Todas prometen calma. Todas la dan por un rato, o derechamente te sedan. Y después todas cobran lo mismo, te alivian ahora a cambio de enseñarte que no eres capaz de aguantarte a ti mismo.

La salida

La ansiedad no crece porque estés enfermo. Crece porque le haces caso. Y ahí está la salida. Si tu problema fuera un cerebro descompuesto, no habría mucho que hacer. Pero como no lo es, lo que pasa realmente es que se trata de una manera de responder que aprendiste, y como te decía antes, puedes aprender otra mejor.

Dejar de pelear contra la mierda que sientes es lo mejor que puedes hacer. Cuando venga la ansiedad, no arranques ni te tomes nada. Quédate. Siéntela subir. Y comprueba con tu propio cuerpo, y no porque yo te lo diga, algo que nunca has alcanzado a ver porque siempre te escapas antes del final. La ansiedad sube, llega arriba, y baja sola. Sin pastilla. Sin infarto. Sin volverte loco. Porque una alarma sin amenaza, cuando la dejas sonar, no asusta a nadie y se apaga sola.

Después hay que aprender a mirar el pensamiento en vez de mirar desde él. "Me voy a morir" es una frase que fabrica una persona asustada, no es una profecía. Por eso, cuando lleguen estos pensamientos, los puedes ver pasar, como quien ve pasar el metro, sin subirse.

Y así puedes dejar de tener la vida en pausa esperando estar sanado para volver a vivir. No tienes que esperar a que se te quite el miedo para manejar, para hablar en la reunión, para ir a la fiesta, o para terminar con tu peor es na'. Hazlo con miedo, eso es lo normal. Pero no dejes nunca de hacer lo que te importa, eso que le da sentido a la vida aunque sea difícil.

La ansiedad no se achica cuando dejas de sentirla. Se achica cuando dejas de organizar tu vida entera alrededor de no sentirla.

Cómo se hace esto, cómo te acercas a lo que temes sin morir en el intento, cómo se baja una pastilla sin peligro, es buena parte de lo que hacemos en terapia. No para que dejes de sentir, sino para que vuelvas a vivir sintiendo todas las cosas que trae la vida, las buenas, las malas y las más o menos. Si estás chato de respirar hondo, contar hasta diez y seguir igual, escríbeme y lo miramos con calma.

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Para leer más

Skinner, B. F. (1953). Ciencia y conducta humana.La base de todo esto: el comportamiento no lo manda un fantasma que vive adentro tuyo, lo moldea lo que te rodea.

Froxán, M. X. (2020). Análisis funcional de la conducta humana.Cómo se analiza la conducta hoy, en español y con rigor, sin recurrir a la magia ni a la química del cerebro.

Hayes, S. C. y cols. (1996). Experiential avoidance and behavioral disorders. Journal of Consulting and Clinical Psychology.De acá sale la idea de la trampa: buena parte del sufrimiento se sostiene en todo lo que haces para no sentirlo.

Zorn, J. V. y cols. (2017). Cortisol stress reactivity across psychiatric disorders. Psychoneuroendocrinology.La revisión que junta los estudios de cortisol y no encuentra por ningún lado la famosa firma química.

Moncrieff, J. y cols. (2022). The serotonin theory of depression. Molecular Psychiatry.La gran revisión que dejó sin piso a la teoría del "desequilibrio químico".

Gøtzsche, P. C. (2015). Psicofármacos que matan y denegación organizada.Una mirada incómoda, por dentro, a cómo se recetan y se venden los psicofármacos.

Del Charco, B. (2021). Hasta los cojones del pensamiento positivo.Por qué el pensamiento positivo y los diarios de gratitud no te salvan de nada.

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española, voz «ansia».Donde puedes comprobar tú mismo que "ansia" significa angustia y también deseo, en la misma entrada.

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